domingo, 19 de enero de 2014

SANTURCE Y SUS ESPACIOS VACÍOS(ARTÍCULO DEL ARQ. EDWIN QUILES) & ART. SOBRE SANTURCE

(Este artículo sobre espacios arrebatados en Santurce, por ejemplo, invita a reflexionar sobre el proceso de cambio, cómo entenderlo y enfrentarlo)

(Incluyo  otro artículo sobre el "revivamiento" cultural de Santurce; puedes leerlo accediendo a 

Lugares muertos, espacios vivos(extracto del artículo publicado en 80grados.net )






Quiero traer a colación otras experiencias más recientes de comunidades que por estar en el medio, muy cerca de los espacios estratégicos han sido amenazadas o desaparecidas del mapa por las llamadas ‘fuerzas del mercado’ apoyadas por el 
                                      [calle Loíza. Santurce]
Estado. Estas son dignas de mencionarse porque prueban aún más la vulnerabilidad en la que viven lo desprovistos de poder, lo desaventajados. Resulta importante conocerlos porque muestran cómo se repiten las estrategias de despojo para capitalizar el valor ganado por los terrenos barriales. Debemos contar sus historias porque, principalmente en el caso del barrio de la calle Antonsanti, muestran maneras como las comunidades se defienden y resisten, rehusándose a aceptar el desahucio y la demolición como única alternativa. Es importante subrayar la capacidad de revitalización de los barrios, la posibilidad de insertar allí proyectos que, dentro de los términos establecidos por los habitantes, incorporen las comunidades del margen al tejido y desarrollo de la ciudad en desarrollo. Esto es una alternativa a la eliminación.
Durante la primera mitad del siglo XX, una parte significativa del Caño de Martín Peña, el canal que cercena la ciudad, la hendidura blanda y oscura que separa a Santurce del resto del país, estuvo ocupado por barrios de pobres. Se les llamó arrabales y fueron construidos de material endeble reciclado de la incipiente ciudad comercial e industrial. Fueron fundados por los miserables, los más pobres, con ánimo de esperanza, que salieron de todas las partes del país huyendo del hambre, buscando maneras de espantar la pobreza. Eran en sus orígenes asentamientos de casas de cartón, madera vieja y tela. Sus paredes estaban a veces cubiertas de latón de los envases de manteca o de anuncios de productos como ‘Cortal’  (“corta el dolor al instante”), ‘Brillantina Alka’, ‘Cigarrillos Chesterfield’ y ‘Tiro Seguro’. Sus techos eran de cinc herrumbroso o cartón verde, más duradero frente al salitre.
Los primeros en llegar ocuparon lo poquito de terreno duro que había, los demás lo hicieron sobre el agua, sosteniendo las construcciones enclenques con troncos de mangle o socos de madera. Con la fuerza de la necesidad urgente, paciencia, deseo, trabajo, tiempo, piedra de los mogotes de Cantera, zahoria de edificaciones demolidas y otras basuras de la ciudad, el babote, el suelo baboso y débil del manglar, se convirtió en suelo duro. Con ese mismo esfuerzo y paciencia voluntariosa de los que tienen poco o nada que perder, las construcciones enclenques pasaron a convertirse en estructuras más sólidas.
Algunos de los barrios pasaron a ser parte del imaginario y memoria colectiva de todos nosotros. Para muestra menciono entre los más notorios a El Fanguito, Hoare, Tras Talleres, Tokío, Las Monjas, Bravos de Boston, Cantera y Buenos Aires, algunos de ellos ya desaparecidos. Se estima que para la década de 1950, cerca de 100,000 personas habitaban estos bajos fondos de la capital. Eran una verdadera ciudad del margen, paralela a Santurce, con vida propia y como tal amenazante. Tan es así que Rexford Tugwell, último gobernador estadounidense de Puerto Rico, quedó alarmado al ver cómo prácticamente se ‘comían’ la ciudad. De más está decir que se convirtieron en un problema.
Muchos fueron los intentos del Estado para eliminarlos. En esto mediaron consideraciones de índole social y tal vez sobre todo otras preocupaciones de índole política e ideológica por su carácter inevitablemente amenazante. Eran una confrontación evidente a la imagen, cánones de estética y orden de la ciudad moderna. Esto en un país ansioso por atraer inversiones de capital  y de insertarse entre la legión de países desarrollados.
Una lectura de los principales periódicos del país en las décadas de 1930 y 1940 muestra con detalle el carácter de urgencia que cobró el darle una solución final al problema de los arrabales. Las partes de prensa hablan de la separación de fondos públicos y de la búsqueda de fondos federales para remover los arrabales y construir vivienda pública. También hablan de luchas comunitarias, protestas, peticiones de ayuda para mejorar la infraestructura y los servicios y de mítines del Partido Comunista y otros para organizar a los residentes. A través de las noticias podemos confirmar la miseria y las necesidades insatisfechas como también  descubrir focos de descontento y lucha.
Las fotos de la prensa son otro documento elocuente de la vida allí. Detrás de la pobreza que pretenden señalar podemos ver la capacidad de los pobladores para construir un lugar donde habitar con viviendas, negocios, iglesias, puentes, calles y lugares de uso común, un mundo que arrastra un imaginario rural tratando de convertirse en urbano. Un lugar con capacidad de convertirse en otra cosa mejor.
A gran parte de ellos, los más cercanos al agua, los más visibles, los más amenazantes, los construidos en terrenos mejores ubicados, les llegó temprano la hora de su muerte anunciada. En su lugar se construyeron autopistas como el expreso Luis Muñoz Rivera sobre partes de Tras Talleres, El Fanguito y Buenos Aires, la estación del proyecto de transporte acuático en donde estuvo el barrio Tokío y el Centro de Bellas Artes y el Centro Gubernamental Minillas donde una vez existió el barrio ancestral cangrejero Minillas.
Todo el proyecto de eliminación de arrabales fue canalizado a través del programa llamado Renovación Urbana iniciado en los Estados Unidos. En sus orígenes este tuvo como objetivo principal la creación de empleos en la construcción luego de la Gran Depresión. No obstante, fue utilizado como punta de lanza para remover poblaciones no deseadas y modernizar centros de ciudad decaídos con proyectos públicos que insuflaran actividad económica. La renovación fue en realidad una remoción de gente y asentamientos, un proyecto para redesarrollar la ciudad abandonada y despoblada y añadirle elementos que estimularan nuevas inversiones privadas. Pero, esta solo consiguió acertar el golpe de gracia a Santurce. Ya para finales de la década de 1950 y principios de 1960 la inversión comercial y residencial había tomado su rumbo tan equivocado como indiscutible hacia las periferias urbanas. Ya la urbanización y los shopping centers se habían establecido como modelos de desarrollo urbano, ya habían tomado vuelo. Al hacerlo habían arrastrado una parte importante de los residentes del centro, de los cascos urbanos, del cual los arrabales, en el caso de Santurce, eran una parte importante. Sin suficiente gente para animar sus espacios, ni consumidores, los centros urbanos no pueden prosperar, sin proyectos de vivienda para generar comunidades, no puede haber ciudad. Las ciudades son mejores, generan más posibilidades de actuación mientras más heterogéneas, más densas, más pobladas.
La eliminación de los arrabales a golpe y porrazo, a manera de proyecto demiurgo,  fue implantada, no sin oposición, pero sin grandes dificultades. Gran parte de los residentes pasaron a ser arrendadores en proyectos de vivienda pública o privada, perdiendo toda la autonomía que tenían en sus propias comunidades. Otros se ‘embarcaron’ o construyeron en otros barrios en y fuera del Caño, legal o ilegalmente, donde hubiera terreno disponible. Respecto a la mudanza al caserío el documental Puerto Rico elimina el arrabal de 1954 resulta iluminador. Este muestra las estrategias de aculturación y dominación utilizadas por el Estado para ’capacitar’ a los ‘inadaptados’ para vivir allí, para obtener un pasaje de ida hacia la modernidad y alejarlos así de la ‘barbarie’ de los arrabales.
La borradura de lugares, y de comunidades, es una práctica que se justifica en algunas instancias. No cabe duda de eso. Ese es el caso de algunos segmentos urbanos incluyendo barrios populares, o pedazos de estos, donde las condiciones no ameritan arreglo o se hacen necesarios otros usos genuinamente importantes para los terrenos. Aunque más sencillo, la eliminación total, sin embargo, puede resultar más costosa, sobre todo en términos sociales.
No hay que dudar que la vida en los arrabales era dura y plagada de problemas de higiene como sucede en los lugares de extrema pobreza. Pero, también es cierto, visto de otra manera, eran lugares de fuertes redes sociales, de solidaridad, de posibilidades, donde los pobres asumieron con creatividad el darle solución a sus necesidades de albergue.  Los barrios son una versión de ciudad, a partir de la cual los pobres negocian su relación con ella. Como tales son espacios de poder.
Moviéndonos a un tiempo más reciente termino el artículo mencionando otros dos ejemplos de comunidades amenazadas o destruidas por la acción demoledora del capital inmobiliario. Muchos de los barrios construidos en las primeras décadas del siglo XX, se asentaron sobre terrenos que ahora, con el crecimiento urbano han quedado pillados cerca o dentro de los centros urbanos. A medida que los terrenos en las periferias, donde se construyen las urbanizaciones, se hacen más limitados y más costosos para adquirir y dotar de infraestructura, los promotores y especuladores, mal llamados desarrolladores, han recurrido a los centros urbanos para construir proyectos, mayormente de viviendas. La idea no es nueva. Por décadas los urbanistas hemos propuesto la densificación de los cascos urbanos como alternativa al desparrame. Pero, hay una diferencia entre densificar y retomar. En la primera las comunidades y poblaciones residentes son parte del entorno tomado en cuenta en el proceso de diseño. El retomar supone la ocupación total, eliminar todo vestigio de lo anterior, la toma de los terrenos y las comunidades ancestrales para sustituirlas por otras, para los que puedan pagar el alza de los alquileres y las hipotecas. Para las poblaciones mayoritariamente ancianas que quedan en muchos de los barrios esto resulta imposible, teniendo que mudarse, perdiendo en el proceso  no solamente los lazos comunitarios sino las redes de subsistencia labradas en y en torno al barrio.
En el barrio de la calle Antonsanti de Santurce, cerca del Centro Gubernamental Minillas, la estrategia de desahucio se apoyó en las medias verdades, la información incompleta, la presión y la represión a los disidentes. Primero el Departamento de la Vivienda anunció que iba a expropiar unas casas ocupadas por ancianos, casi todos octogenarios, quienes serían reubicados en una égida que nunca se construyó. Poco tiempo después le llegó el turno a algunas estructuras desocupadas y otras en mal estado, hecho también anunciado como una ganancia para la comunidad. Las casas vacías, sin embargo, quedaron abiertas, una clara invitación a los vándalos para destriparlas de los materiales con valor de reciclaje como el aluminio de las ventanas, una invitación también a las sabandijas para tomarlas como domicilio y a los adictos que las quisieran tomar como hospitalillo. En poco tiempo la desolación causada por las casas mutiladas, mudas, desnudas y chorreando agua por las tuberías rotas, hizo mella en el ánimo, infligiendo una herida de muerte al barrio. El plan agresivo enviaba un mensaje claro: vende cuanto antes, porque la comunidad se viene abajo. Cuando los residentes pudieron tener el cuadro claro y conocer del plan para construir varios edificios en los terrenos comunitarios ya quedaba poco del barrio para ser defendido, ya la mayoría de los vecinos se había desbandado.
En balde resultaron los intentos de los residentes para preparar un plan alternativo a partir del cual negociar el desarrollo propuesto incorporando partes de la comunidad con capacidad de conservación, reutilización y redesarrollo.
Ante la presión de la Policía y el Departamento de la Vivienda, la pérdida inminente y el debilitamiento de la comunidad un grupo de artistas, algunos de ellos propietarios de lo que faltaba por expropiar, asumió la defensa de lo que quedaba por defender. Lo hicieron utilizando las herramientas que conocían mejor, la sorpresa creativa, la gráfica y el performance. Invadieron con imaginación los espacios públicos frente a los lugares donde se deciden los proyectos como este, tales como la Junta de Planificación y la Alcaldía de San Juan. Entre otras intervenciones menciono como ejemplo la obra performática El entierro de San Turce. En la misma un grupo vestido impecablemente de negro recorrió la avenida Ponce de León cargando el féretro de la comunidad a la vista de todos. “Tu barrio puede ser el próximo” leía el mensaje que mostraba uno de los personajes mientras hacía coro en la letanía. “Santurce no se Vende” y “Este Barrio es Nuestro” rezaban otros. Cabe mencionarse también la presencia continua de ‘las ánimas’, los espíritus que protegen el lugar, caminando con túnicas blancas y máscaras por las calles silenciosas del barrio o mirando desde los balcones, recordando que las ciudades son más que las constancias físicas y tangibles, son también sus memorias, sus energías pegadas a las paredes, las presencias intangibles. Con el propósito de dar a conocer los valores arquitectónicos de la comunidad, además de la historia de los espacios en riesgo de desaparecer, llevaron a cabo excursiones guiadas. Todo lo anterior para recabar un apoyo ciudadano más amplio, incluyendo de manera especial el de otras comunidades amenazadas por el desahucio y la mirada codiciosa del capital inmobiliario. A manera de símbolo e hito espacial crearon también el Museo del Barrio, una referencia que, además de aglutinar y servir de refugio para la protesta y la propuesta sirvió para guardar los objetos dejados por los que salieron, ayudando de esa manera a preservar un pedazo de la historia a punto de perderse. El museo fue el último bastión de la resistencia. Su cierre fue la caída de telón. La explanada vacía que sustituyó las casas de arquitectura criolla y los edificios comerciales, uno de ellos diseñado por el insigne arquitecto Henry Klumb, promueve el olvido. Los residentes de la Antonsanti no prevalecieron pero la experiencia de su resistencia merece ser documentada más a fondo....

    Estas historias cuentan de autonomías arrebatadas y pérdida de lugares desde donde poder ser y hacer de maneras alternativas, distintas. Hablan de construcciones del margen, ‘inconvenientemente’ localizadas. Dan fe de proyectos autónomos, de resistencias, disidencias, desafectos y represiones. Cuentan historias de lugares creados y vividos desde posiciones subalternas, a partir de identidades y cánones de orden y estética distintos a los que se imponen desde las instituciones dominantes. Dicen de cómo se ejerce poder en y sobre la vida cotidiana a través del control sobre el espacio.
Pensando en esto último y hablando en un contexto más amplio, considero que la conquista de la ciudad y la construcción de espacios alternativos es parte esencial de las luchas contra la desigualdad, por la afirmación de la diversidad, la descolonización y la liberación. El espacio, sin ser determinante, posibilita o limita, hace presente o invisibiliza los proyectos para construir otros mundos mejores posibles. Al asociar los procesos y propuestas alternativas a un lugar, a un espacio y a un tiempo, creamos una referencia, proyectamos un sentido de logro que deja en nuestra memoria un sabor a posibilidad, porque ya vimos pasar una muestra. Corresponde construir, consolidar y documentar  estos espacios de nosotros, fuera de los ejes de la espacialidad dominante, en las márgenes. Nos pueden servir de basamento para fundamentar estrategias y tecnologías de construcción de otros proyectos de cambio.
Recuerdo aquí la propuesta del filósofo y educador Iván Illich allá en el CIDOC de Cuernavaca. Decía que para construir las zapatas del cambio había que crear espacios autónomos donde se viva desde ya la experiencia de esos mundos nuevos. Es decir, pensar y actuar el futuro ahora para construir desde esos espacios las referencias de lo posible y de lo que parece imposible. Eso es.